Enrique Oteiza, el duelo

Para muchos de los estudiantes y cientistas sociales de nuestro país es alguien que les salvó la vida  dándoles una posibilidad de estudiar o trabajar fuera del país a través de becas de grado o posgrado que consiguió en sus calidad de Secretario General de CLACSO, organismo del que fue central en su fundación. El gobierno chileno le otorgó por esto una medalla en los noventa. Aglutinó y organizó así a las ciencias sociales Latinoamericanas  que alcanzarían su período de auge en los años 60. Había tenido una gran experiencia como Director del Instituto Di Tella, centro de arte contemporáneo  en Buenos Aires que llevaría en varias disciplinas como música o artes visuales la vanguardia, también en su período de esplendor.

Dar la pelea por los chilenos le valio el exilio de Argentina, amenazado por la Triple A y fue parte del Centro de estudios latinoamericanos de la Universidad en Sussex en Inglaterra. No hacía más que desarrollar su convicción en la potencialidad de la cultura latinoamericana que había concretado ya en su participación en la elaboración del Modelo Latinoamericano de la Fundación Bariloche en los sesenta. Allí el continente desafiaba con su tesis a los ideólogos del primer mundo con una perspectiva medioambiental de orden social, propia.

En los sesenta y setenta organizò  y dialogò con los cientistas sociales latinoamericanos y africanos, en los ochenta y noventa se ocupaba de la educación superior,  la ciencia y la tecnología desde Naciones Unidas . A su vuelta a la Argentina, a fines de los años 80 volvió a su preocupación de origen,  el trabajo sobre la inmigración, y en ella, la discriminación, a la cabeza del Instituto Gino Germani en la Universidad de Buenos Aires.

No pudimos despedirlo, pero quedan muchas cosas.

Queda de Enrique Oteiza su generosidad de “desclasado” como decía él al provenir de sectores conservadores y sensibilizarse por las clases populares. Queda su profunda fe en las posibilidades del continente, su respeto por la cultura y la enseñanza, por la Universidad pública, su trabajo por los avasallados derechos humanos de su país y el continente. Queda de  él la imagen de una elegancia interior a toda prueba , de un hablar pausado que transmitía un pensamiento articulado y un humor inteligente. De una permanente percepción estética de la vida.

Quedan su  fe en el conocimiento, la capacidad de juego que fue reactivando en el contacto con los niños, el modelo ético que transmitía a los jóvenes,  la actitud de maestro que entregaba fe en el trabajo, mirada estética, profesionalismo, honestidad, fuerzas para dar las luchas necesarias y en coherencia consigo mismo, todos valores positivos.

Queda el gesto de haber hecho suyos hijos ajenos ,como sucedió a menudo en el exilio, queda su invisibilizada ternura, y en el horizonte humano del presente, su grandeza.

Ana Pizarro es doctora en Letras, académica e investigadora en Literatura y Cultura de América Latina. 

Publicado por Ana Pizarro, en USACHALDIA