EMERGENCIAS N°26: "Los historiadores y la globalización"

Puede parecer una ironía –o acaso una broma de mal gusto– el que precisamente cuando los historiadores hemos comenzado a tomar más conciencia de incorporar un marco global en nuestros proyectos, esta nueva etapa de globalización pareciera estar llegando a su fin y siendo reemplazada por la aparición de nacionalismos extremos y el retorno a las fronteras. Lo que alguna vez fue visto como un paradigma de progreso con el fin de la Guerra Fría, el despegue económico de los años 90s y la hegemonía norteamericana y de la Unión Europea, hoy da paso a una situación más bien incierta y donde los historiadores tendremos que buscar posicionarnos para comprender lo que viene ocurriendo ante nuestros ojos y cómo esta nueva etapa cambiará la forma en la cual interpretamos el pasado.

Frente a esta aparente dicotomía, entre la apertura y el repligue, me gustaría sugerir una tercera vía, no necesariamente conciliadora, pero que puede brindar algunas sugerencias prácticas para no pasar de un extremo al otro al momento desde nuestra perspectiva. Lo primero es no renunciar a seguir investigando el tema de la(s) globalizacion(es). Se trata, sin duda, de uno de los fenómenos más importantes de los últimos siglos y que al incorporarla como metodología, ha desafiado la visión eurocéntrica que permeaba nuestros trabajos. Asumida tácitamente como la historia de la “occidentalización”, la historia global fue comprendida en ciertos espacios como la crónica del avance inexorable de Occidente sobre el resto del planeta.

Precisamente, en estos últimos años dicha visión, incompleta, parcializada y discriminadora, fue desafiada lentamente por otra, donde Asia (con énfasis en China), Medio Oriente y África no son más la “periferia” sino espacios centrales desde donde se produjeron procesos similares de globalización y que serían los sucesores de Occidente en los próximos años. La visibilidad que estas áreas han ido obteniendo ha sido recibido con alarma por sectores conservadores políticos y académicos, que se han apresurado en prolongar el tono alarmista alguna vez lanzado por Samuel Huntington respecto del “choque de culturas” con Medio Oriente y el Islam. Libros advirtiendo lo obvio –la pérdida de liderazgo de Occidente– hicieron su aparición en las estanterías, ofreciendo una visión corto-placista de la Historia y buscando legitimar la hegemonía occidental como la única posible. Felizmente, algunas otras iniciativas han buscado comprender mejor, por ejemplo, la historia de China, frente al escenario futuro.

Un segundo aspecto a considerar es que la globalización no es necesariamente “global”. Es decir, la formidable expansión de instituciones, sistemas y prácticas no logra siempre penetrar del todo las sociedades. Sería no solo inexacto sino también miope ignorar los bolsones de personas y regiones que no han sido afectados por este proceso. Aún cuando la internet ha acelerado la globalización y el mundo está mejor conectado que antes, es importante no tomarla como una suerte de paradigma inevitable ni necesariamente positiva. Tenemos que volver la vista sobre aquellos grupos que no solo fueron excluidos de este proceso sino también aquellos que resistieron los impulsos globalizantes desde los gobiernos o por agentes foráneos. Estos grupos han sido tradicionalmente considerados de modo negativo, como opuestos al progreso, pero es un enfoque simplista que impide entender la complejidad de prácticas locales con fenómenos intrusivos externos.

En tercer lugar, los procesos de diáspora que han venido ocurriendo en la última década, debido a escenarios de guerra y desastres naturales en Medio Oriente o Haití, entre varios otros casos, ofrece una oportunidad para pensar en la circulación de personas y flujos humanos en el largo plazo. Algunos trabajos, como el de Lily Balloffet sobre la comunidad siria en Argentina, ejemplifican la existencia previa de estas redes o la creación de nuevas según tratados internacionales, la opinión pública hacia los refugiados o la cercanía cultural entre regiones. Una de las manifestaciones más visibles de esta migración en América Latina, y que ha sido hecho notar por medios de prensa en diversas ciudades, ha sido la aparición del shawarma y el falafel en puestos callejeros, que ha gozado de aceptación entre comensales de cada país. Hay, por supuesto, aspectos más sombríos en esta adaptación a suelo extranjero, y que pueden ayudar a ampliar nuestra visión sobre las oleadas previas de inmigración del último siglo.

Por lo sugerido anteriormente, creo que sería un error abandonar el estudio de la globalización y sus diversas facetas, y reemplazarlo tajantemente por otro basado en el nacionalismo (extremo). La historia de la globalización aún tiene mucho por ofrecer, y apenas hemos comenzado a comprender su dimensión y complejidad. El reto más importante va a ser llevar este enfoque fuera del campo académico de modo tal que escapemos de la camisa de fuerza a la que nos lleva en ocasiones la historia (hiper)nacionalista.

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* Lecturer. Historiador peruano. Departamento de Historia, Universidad de Yale.